La historia Douglas Tompkins y Kristine McDivitt Tompkins: el amor que gestó la donación filantrópica más grande de la historia

por Ago 25, 2025Destacados, Rostros del cambio

Fue en la Patagonia donde comenzó una de las historias más notables del ambientalismo moderno. Allí, entre montañas, lagos y estepas, se unieron los caminos de Douglas Tompkins y Kristine McDivitt Tompkins. Lo que empezó como una coincidencia de trayectorias –dos ejecutivos que dejaron atrás el mundo empresarial para volcarse a la naturaleza– pronto se transformó en una alianza personal y afectiva. 

Su amor no solo unió sus vidas, también dio origen a la mayor donación filantrópica de tierras para la conservación en la historia: más de un millón de hectáreas entregadas a Chile y Argentina, que sumadas a terrenos fiscales conformaron 4,5 millones de hectáreas de áreas protegidas.

Douglas Tompkins y Kristine McDivitt Tompkins

Antes de encontrarse, ambos ya habían recorrido caminos intensos: Douglas Tompkins (1943-2015) fue un joven inquieto, apasionado por la escalada, el esquí y los viajes en kayak. Fundó The North Face en 1964 y pocos años después co-creó Esprit, una de las marcas de moda más influyentes del mundo. Pero el éxito empresarial no lo satisfizo. Mientras su fortuna crecía, su conciencia ambiental se agudizaba. En 1989 vendió sus acciones y decidió que dedicaría el resto de su vida a proteger los paisajes que amaba.

Kristine McDivitt Tompkins (1950), por su parte, se forjó en la industria outdoor de la mano de Yvon Chouinard, fundador de Patagonia Inc. Durante veinte años fue la CEO de Patagonia, convirtiendo la marca en un referente global de sostenibilidad empresarial. Pero en 1993, con apenas 43 años, renunció al cargo y eligió un rumbo inesperado: dedicarse por completo a la conservación. Ese mismo año contrajo matrimonio con Doug Tompkins, y juntos decidieron instalarse en el sur de Chile.

La unión de Doug y Kris no se limitó a lo personal. Su relación se convirtió en una alianza estratégica, marcada por la convicción de que el amor también podía expresarse como un compromiso con la tierra. Lo que para otros habría sido el inicio de una jubilación cómoda, para ellos significó embarcarse en un proyecto filantrópico sin precedentes: comprar vastas extensiones de ecosistemas amenazados, restaurarlos y entregarlos al Estado como parques nacionales abiertos a todos.

En 1991 Doug adquirió los primeros terrenos en la Región de Los Lagos, donde nació el Parque Pumalín. Años después se sumaron las estancias de Valle Chacabuco, que dieron origen al Parque Nacional Patagonia, y las adquisiciones en Tierra del Fuego que posibilitaron la creación de Yendegaia. En Argentina, ambos lideraron la recuperación de los Esteros del Iberá y la creación del Parque Nacional Monte León.

Su amor, entonces, se volvió inseparable de su misión: “Cada parque es también parte de nuestra historia”, dijo alguna vez Kristine.

Kristine McDivitt Tompkins.

La magnitud de las compras de tierras generó suspicacias en los años 90. En Chile circularon teorías que acusaban a Doug de querer crear un enclave privado o apropiarse del agua dulce. “Decían que queríamos poner candado a grandes extensiones”, recordó Kristine.

Lejos de desistir, la pareja eligió responder con hechos. Abrieron senderos, construyeron centros de visitantes, contrataron guardaparques locales y colaboraron con escuelas rurales para acercar a los niños a la naturaleza. Y, sobre todo, cumplieron lo prometido: las tierras fueron donadas al Estado y se transformaron en parques nacionales públicos.

Con los años, lo que en un principio parecía sospechoso se consolidó como visionario. La obra de los Tompkins ayudó a instalar en Chile y Argentina una nueva ética de conservación, donde hablar de parques nacionales dejó de ser una causa de pocos para transformarse en un motivo de orgullo nacional.

El legado de la pareja es monumental. En Chile, sus donaciones permitieron la creación o expansión de siete parques nacionales y la ampliación de otros tres. Entre ellos destacan:

  • Parque Nacional Pumalín Douglas Tompkins (Región de Los Lagos): 402.000 hectáreas de bosques templados y alerces milenarios.

     

  • Parque Nacional Patagonia (Aysén): 304.000 hectáreas de estepa, bosque y cordillera, donde se ha trabajado en rewilding del huemul y el ñandú.

     

  • Parque Nacional Yendegaia (Tierra del Fuego): que conecta bosques subantárticos y glaciares al sur del Canal Beagle.

     

  • Parque Nacional Corcovado (Chaitén): 293.000 hectáreas de costa virgen, montañas y fiordos.

Parque Nacional Pumalín Douglas Tompkins (Región de Los Lagos). 

En Argentina, sus proyectos fueron igual de ambiciosos. El Parque Nacional Iberá hoy protege uno de los humedales más grandes del mundo y es referencia global de restauración, donde se reintrodujeron especies como el jaguar, el oso hormiguero gigante y el guacamayo rojo.

En total, la llamada Ruta de los Parques de la Patagonia conecta 17 parques nacionales en Chile, a lo largo de 2.800 km entre Puerto Montt y Cabo de Hornos.

En diciembre de 2015, Douglas Tompkins murió en un accidente de kayak en el lago General Carrera. Tenía 72 años. Su partida fue un golpe doloroso, pero también un punto de reafirmación. Kristine tomó la posta con una claridad conmovedora: consolidó las fundaciones bajo Rewilding Chile y Rewilding Argentina, y completó las donaciones más grandes de su historia.

Desde entonces, ella se ha transformado en referente mundial del rewilding y de la filantropía ambiental. En 2019 recibió la Medalla Ambiental de las Naciones Unidas, y sigue trabajando en la protección y restauración de ecosistemas.

“Nuestra historia de amor está escrita en los parques”, dijo Kristine tras la muerte de Doug. Y no era una metáfora: cada hectárea donada, cada especie reintroducida y cada sendero abierto al público es testimonio de una relación que eligió la naturaleza como lenguaje y la Patagonia como escenario.

La historia de Douglas y Kristine Tompkins demuestra que el amor, cuando se convierte en acción, puede transformar territorios y futuros. Lo que comenzó con la unión de dos personas se convirtió en la donación filantrópica más grande de la historia, un regalo de vida silvestre y belleza natural que quedará para siempre en manos de todos.

Su legado late en los glaciares del sur, en los humedales de Iberá, en los bosques de alerce que sobreviven gracias a su visión. Un legado que recuerda que amar a alguien puede significar, también, amar al planeta entero.

 

Douglas Tompkins y Kristine McDivitt Tompkins.

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