De 50 a 1.000 hectáreas: el salto orgánico de Viña Emiliana
A mediados de los años 90, cuando los cuestionamientos al uso de pesticidas aumentaban en Chile, Viña Emiliana, una de las primeras productoras en explorar prácticas sustentables dentro de la industria vitivinícola, tomó un rumbo que cambiaría su historia.
Sebastián Tramon, Gerente de sustentabilidad de Viña Emiliana, recordó que “todo comenzó con la preocupación de a qué estaban expuestos los trabajadores en los campos, qué tipo de insumos se estaban aplicando y qué efectos podrían tener tanto en la salud de las personas como también en el medio ambiente. Un desafío que para la época era muy grande, y que hoy, sigue estando presente en consecuencia del cambio climático”.
Buscando alternativas al modelo agrícola dominante, el equipo de Emiliana liderado por Rafael y José Guilisasti, y con la visión enológica de Álvaro Espinoza, comenzaron a observar lo que ocurría fuera del país y a analizar las prácticas agrícolas y vitivinícolas que ya se estaban implementando. Tras visitar Estados Unidos, donde la certificación orgánica ya tenía estructura y exigencias claras, surgió la convicción de probar este camino en Chile, una travesía hacía lo orgánico.
Pero, ¿qué significa ser orgánico? Para Emiliana, es un sistema de manejo agrícola que busca que el viñedo funcione en equilibrio. Se reemplazan herbicidas y fertilizantes sintéticos por materia orgánica, compost y control biológico, fortaleciendo la fertilidad del suelo y la resistencia natural de las plantas. El objetivo es mejorar la salud del ecosistema, favorecer la biodiversidad y trabajar respetando ciclos biológicos. Ser orgánico es una forma de producir que protege a las personas en el campo y garantiza trazabilidad y cuidado ambiental en cada etapa.
Con ese primer impulso nació el piloto, implementado en el fundo Los Robles, en Colchagua: un predio ideal para comparar el manejo convencional con un modelo orgánico completamente nuevo para la empresa. Ese primer ensayo no buscaba cambiarlo todo de una vez, sino probar su viabilidad ambiental y su impacto en la calidad del vino. Para Tramon, uno de los mayores aprendizajes fue entender que las transformaciones reales no comienzan de golpe: avanzan desde lo pequeño, decisiones acotadas que permiten afirmar el sendero antes de escalar.
“La transición completa de Emiliana, más de 1.000 hectáreas, partió con apenas 50. Se puede empezar en pequeño y avanzar paso a paso”, explicó el Gerente de sustentabilidad.
El inicio fue complejo. La agricultura convencional se apoya en herbicidas, fertilizantes sintéticos y productos de síntesis que generan dependencia, por lo que las parras tardaron en adaptarse a un manejo sin ellos. Además, las certificaciones orgánicas nacionales como internacionales exigen un periodo de transición de tres años, en el cual el suelo debe recuperar su actividad biológica y la biodiversidad comienza a restablecerse.
Créditos: Viña Emiliana.
Los resultados del piloto, sin embargo, sorprendieron incluso al equipo: las uvas mostraron una calidad mayor, lo suficientemente notoria como para crear un vino específico con ellas. Así nació Coyam, uno de los íconos de la viña al día de hoy.
En 2003, Coyam fue presentado por primera vez en un importante concurso donde críticos británicos y expertos de todo el mundo debían calificar. El vino obtuvo el premio al mejor ensamblaje y mejor vino, una validación decisiva. “Esto no solo está funcionando en lo productivo, sino también en lo cualitativo”, recordó Tramon. Ese resultado fue la señal para dar el paso definitivo y avanzar hacia un modelo orgánico integral en todos los viñedos.
Créditos: Viña Emiliana.
La transición total tomó cerca de una década. Cada campo exigía nuevos aprendizajes y cada uno de los suelos requería soluciones propias. En ese proceso, la innovación fue clave, desde el desarrollo de compost y abonos verdes hasta la búsqueda de insumos naturales en un mercado donde casi no existían alternativas orgánicas.
Pero el desafío más profundo, sin embargo, fue conceptual. “La agricultura convencional, basada en pesticidas, es como una agricultura de guerra”, confesó Tramon. “La agricultura orgánica tiene que ver con generar condiciones de vida y equilibrio”, agregó. Ese nuevo paradigma permitió integrar biodiversidad, ciclos naturales y resiliencia en todas las áreas de producción.
Con los años, los efectos se volvieron visibles. “Son suelos más saludables”, afirmó Tramon. Los microorganismos reaparecieron, la materia orgánica aumentó y mejoró la capacidad de recuperación de los viñedos frente a eventos extremos: “no es que sean inmunes, pero sí tienen una capacidad de recuperación más rápida y son capaces de, junto a todos los agentes que conforman esta biodiversidad, actuar como uno”, subrayó.
Créditos. Viña Emiliana.
La biodiversidad se volvió una herramienta de producción. A través de corredores biológicos y la protección de áreas nativas permitieron integrar enemigos naturales, aves e insectos benéficos. Incluso la presencia de levaduras ambientales enriqueció la enología: “En la medida que las uvas están cerca de estas áreas, obtengo un reflejo de eso en la fermentación, con mayor complejidad y distintos aromas”, explicó Sebastián.
Este cambio también impulsó la creación de nuevas líneas de vino. El piloto que dio origen a Coyam abrió paso a marcas como Adobe, Novas, 57 Rocas, Gê y nuevas innovaciones: vinos de menor graduación alcohólica, vinos sin alcohol y cócteles en base a vino. “Estamos desarrollando nuevas propuestas de tal manera de ofrecer al consumidor el equivalente de lo convencional, pero elaborado de una mejor manera”, declaró Tramon.
Finalmente, la identidad de Emiliana se redefinió. Hoy la compañía no planta ni una sola parra fuera del modelo orgánico. El piloto, que comenzó como una prueba pequeña en los 90, terminó convirtiéndose en uno de los referentes de agricultura orgánica más importantes en Chile y la región. Este cambio llegó escuchando al suelo y respondiendo a consumidores cada vez más conscientes. Emiliana evolucionó hasta convertirse en la viña orgánica más grande del mundo, presente en más de 60 países con un portafolio que va desde vinos accesibles a todos hasta etiquetas premium, incluido el vino orgánico más vendido a nivel mundial: Adobe.
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