¡La experiencia única de Victoria Ansaldo en la Polinesia! La fotógrafa y filmmaker chilena que nadó con ballenas jorobadas en Tonga en una expedición de nueve días
Conocida en redes sociales como Octavia Viajando (@octaviaviajando), la fotógrafa y filmmaker Victoria Ansaldo cumplió el primero de sus sueños que la acompañaban desde niña: nadó junto a ballenas jorobadas en el Reino de Tonga, uno de los pocos lugares del mundo donde esta experiencia está permitida y regulada. “Aún me quedan dos grandes metas: conocer la Antártida y presenciar auroras boreales”, contó durante la entrevista. Este año, por primera vez, sintió que tenía la determinación para concretarlo.
Tonga, país de Oceanía que se extiende en un archipiélago, no es un lugar sencillo de visitar. Son al menos tres vuelos hacia esta isla pequeña en el Pacífico Sur, con costos elevados y normas estrictas para la observación responsable de cetáceos. A pesar de todas las implicancias, para Victoria la distancia formó parte del compromiso con aquel sueño que llevaba años anhelando desde Chile. Según compartió, “allá todo está hecho para respetar a las ballenas. No puedes acercarte tú; ellas lo deciden”.
Créditos: Victoria Ansaldo.
Viajó con un grupo reducido junto a Carlos Donoso, su amigo y guía de buceo que organiza expediciones especializadas. Durante nueve días salieron al mar, buscando señales en el horizonte: algún salto o cola emergiendo. De las ochos horas diarias de navegación, apenas una se transformaba en un encuentro, La paciencia se volvía parte de la experiencia. Y cuando finalmente ocurrió, el primer encuentro fue mucho más que una imagen; fue un sonido.
Victoria recuerda haber escuchado el canto de una ballena antes de verla. “Se sentía una vibración profunda en el cuerpo. Era muy fuerte. No solo era oírla”, afirma. Bajo el agua, una hembra cantaba con la cabeza hacia abajo y la cola hacia arriba, siguiendo patrones repetidos que hipnotizan a cualquiera. La viajera permanecía en la superficie, flotando en silencio y sintiendo cada onda acústica. Esa inmersión inicial marcó el resto de la travesía: uno íntimo y consciente.
Créditos: Victoria Ansaldo.
También vivió otra escena difícil de procesar en el momento: dos ballenas adultas durmiendo, ascendiendo cada veinte minutos para respirar al mismo tiempo, como si compartieran un mismo ritmo natural. Desde arriba, Victoria vio cómo emergían lentamente hasta asomar un ojo. “Nunca pensé que verlas descansar me iba a impactar tanto”, recuerda al pensar en ese instante.
Su fascinación por esta especie surgió desde la infancia, cuando contempló sus primeras ballenas jorobadas en Caleta Chañaral de Aceituno. Tenía apenas diez años. Más tarde, mientras recorría el sur de Chile en su Kombi Volkswagen -la icónica “Octavia”-, pasaba tardes completas observándolas desde la bahía de Pumillahue; las grababa hasta que se ocultaba el sol. Con el tiempo, su admiración se convirtió en un impulso por conocer más.
“Ahora cada vez que las vea desde arriba, entenderé todo lo que hacen bajo el mar”, asegura. En Tonga tuvo la oportunidad de vivir lo que durante años ni imaginó: crías que suben cada cinco minutos para respirar, madres estacionarias, ballenas solitarias que no permiten interacción por sus desplazamientos rápidos, y machos escolta que acompañan a las madres con sus ballenatos.
Créditos: Victoria Ansaldo.
Para Victoria, el océano nunca fue un territorio ajeno. Creció en Viña del Mar, aprendió a bucear joven y, por lo mismo, se siente parte de este mundo. Quizás por eso, nadar junto a animales de más de treinta toneladas nunca le generó miedo, sino una coexistencia tranquila, casi intuitiva, basada en el respeto y las reglas que rigen la interacción.
A nivel audiovisual, documentar tantas escenas fue fascinante. A ratos, estar atenta para tomar fotografías parecía interponerse entre ella y el momento, por lo que fue en la última inmersión donde tomó la decisión de entrar únicamente con una pequeña cámara en mano. “Cuando estás frente a una escena tan hermosa, te dan ganas de grabarlo y dejarlo registrado. Pero también es bueno observar desde tus propios ojos”, añade.
Créditos: Victoria Ansaldo.
El punto de inflexión emocional de su viaje fue con una cría de ballena jorobada. Victoria recuerda perfectamente cómo aquella pequeña criatura -que aun así era del tamaño de su Kombi- se aproximó sin medir su fuerza, rozando con su lente y girando frente a ella con cierta curiosidad. “Se acercan mucho, son juguetonas. Lo mejor es quedarse quieta”, relata. Fue un momento breve, pero suficiente para llenarla de emoción. “Me dieron ganas de llorar, me sorprendió mucho. Es una experiencia que pocos la viven, entonces quizás nunca se piensa en hacerlo”, expresa.
Al observar entendió patrones, reacciones y dinámicas que le parecían familiares: madres dejando que sus crías se vuelvan “locas” de curiosidad y crías que vuelven al mínimo llamado. Así lo vivió a través de sus ojos: aparecía una madre, soplaba fuerte y la cría -desordenada y confiada- regresaba a su lado. Ese comportamiento la conmovió. “Ver esa conexión entre mamá y cría se me hizo muy similar a la de los humanos. Fue una de las cosas más tiernas y lindas que he visto”.
Créditos: Victoria Ansaldo.
Al observar entendió patrones, reacciones y dinámicas que le parecían familiares: madres dejando que sus crías se vuelvan “locas” de curiosidad y crías que vuelven al mínimo llamado. Así lo vivió a través de sus ojos: aparecía una madre, soplaba fuerte y la cría -desordenada y confiada- regresaba a su lado. Ese comportamiento la conmovió. “Ver esa conexión entre mamá y cría se me hizo muy similar a la de los humanos. Fue una de las cosas más tiernas y lindas que he visto”.
Esa proximidad reforzó su visión sobre la coexistencia. Las ballenas no solo toleraban su presencia, sino que incluso parecían comprenderla. “Nosotros también somos animales y ocupamos el mismo espacio que el resto. Nacimos todos en el mismo planeta. La idea es usarlo con respeto, evitando el daño”, explica con convicción. En Tonga -uno de los pocos lugares donde el nado con ballenas es legal y controlado- ese equilibrio se vive en la práctica.: reglas estrictas, número de personas acotado, cero apnea, turnos cortos y un guía que regula cada movimiento.
A su vez, estar constantemente viendo a otros conectarse con el océano por primera vez le resulta sumamente transformador. Lo refleja con un ejemplo en particular: una mujer en sus sesenta que, inspirada por sus viajes, decidió sacar su certificación de buceo para sumarse a una expedición grupal a la Isla Robinson Crusoe. “Con eso me voy pagadísima”, comenta. Sentir que su experiencia inspira a otros a superar el miedo o ampliar su relación con el mar se ha convertido en una tremenda motivación dentro de sus viajes grupales.
Esa dimensión humana -la comunidad pequeña y el aprendizaje compartido-, es parte esencial de sus aventuras. Con cupos limitados y grupos reducidos, el contacto con las ballenas se vuelve personalizado e íntimo. Debido a la compleja logística, los trayectos largos y los altos costos, todos aquellos que llegan lo hacen con una profunda intención.
Créditos: Victoria Ansaldo.
La experiencia fue tan potente que ya planifica el regreso. Y no solo para obtener nuevas capturas fotográficas, sino para comprender mejor todo lo aprendido. “Siempre se quiere más”, admite. Ahora que conoce los ritmos del lugar, la cultura polinesia y las variaciones de comportamiento, siente que puede regresar con más preparación y calma. Es más, para 2026 tiene contemplado un viaje grupal programado en el que ya hay varios inscritos -aunque aún con cupos disponibles-. Así que para quienes deseen vivir esta travesía de un modo responsable y con acompañamiento real, están invitados a sumarse a través de Carlu Travel (@carlu.travel) para una aventura junto a Carlos Donoso (@carlosdonoso).
Ya de retorno en Chile, el agradecimiento fue inmediato. “Me sentí realizada. Fue demasiado perfecto para ser real. Quedé muy feliz con la decisión de viajar al Reino de Tonga. Valió la pena”, describe. Haber priorizado ese sueño de infancia -pese a la distancia y la espera- le brindó una gratitud única. Así, su verdadera invitación no apunta al turismo impaciente, sino al deseo genuino de acercarse al mar, a la naturaleza. Y aunque Tonga es un destino lejano, recuerda que Chile también tiene escenarios privilegiados para observar ballenas desde la tierra o para dar los primeros pasos en el buceo. La clave es proponérselo con respeto y paciencia.
Créditos: Victoria Ansaldo.
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