La travesía anual de la fardela blanca, el ave que recorre más de 20 mil kilómetros hasta Juan Fernández
Cada 8 de septiembre inicia un viaje sobre el Pacífico. Desde Washington, Estados Unidos, una fardela blanca emprende un trayecto de más de 20 mil kilómetros hasta el Archipiélago de Juan Fernández; solo con su propio instinto y memoria lo logra todos los años.
Meses después, el 8 de enero, otro viajero parte desde el mismo lugar y hacia el mismo destino, aunque de otra forma. Se trata de Peter Hodum, doctor en ecología y figura conocida en la isla. Desde 1999 repite la travesía para estudiar y proteger a la fardela blanca, una especie que solo se reproduce en este archipiélago y, en menor número, en la Isla Mocha.
Mientras la fardela regresa a su colonia de anidación para reencontrarse con su pareja, Peter vuelve para monitorear nidos, fortalecer alianzas y sostener un proyecto que ya suma más de dos décadas.
Fotografía por Constanza Parra.
Peter Hodum.
Este animal tiene un increíble y singular comportamiento. El macho excava su cueva con su pico y patas, un agujero que parece una madriguera de conejo. Allí llegará su pareja, se reconocerán y empollarán un único huevo. A finales de abril, el polluelo emprenderá su primer viaje, sin más preparación que su primer vuelo. Pasarán cerca de cuatro años en mar abierto antes de regresar por primera vez a su colonia de origen. El ciclo se repetirá por décadas: pueden vivir más de 50 años.
Proteger ese ciclo es el enfoque del trabajo de la fundación Oikonos, una organización de conservación ambiental a la que Peter se integró en 2004, luego de que sus fundadores lo invitaran a sumarse. “Yo no creo que sea posible hablar suficiente sobre este punto, la importancia de tener relaciones reales con las comunidades”, ha asegurado.
En Juan Fernández, la fundación ha otorgado talleres, charlas, concursos y hasta la “Copa Fardela”, un evento deportivo que coincide con la llegada de las aves. La conservación dejó de ser un concepto técnico para convertirse en una práctica cotidiana.
Por sobre todo, la ONG se destaca por su conciencia y conexión con las personas de la localidad: cuando se instaló un nuevo alumbrado público que desorientaba a las fardelas en sus vuelos nocturnos -provocando choques y caídas-, la comunidad reaccionó de inmediato y acudió a la organización. La solución fue cambiar el tipo de luminaria. Hoy, la isla se ilumina con luces cálidas que reducen el impacto sobre las aves.
El trabajo también se refleja en el equipo local: quienes lideran el monitoreo en Juan Fernández son tres mujeres isleñas. No se dedican únicamente a proteger una especie, sino que resguardan el territorio donde nacieron y crecieron.
Fotografía por Constanza Parra.
Fotografía por Constanza Parra.
Fotografía por Constanza Parra.
Ahora, el monitoreo implica subir cada temporada hasta el cerro Centinela, donde se concentra parte importante de la colonia de nidificación. Allí revisan cuevas marcadas con GPS, registran su estado y contabilizan cuáles siguen activas. Es en ese terreno donde se detectaron durante años las principales amenazas para el ciclo reproductivo de la fardela.
Entre esas amenazas, el ingreso de ganado fue una de las más críticas. Las vacas destruyen cuevas con su peso, aplastando nidos y, en algunos casos, a los adultos en su interior. Cada madriguera perdida no solo significaba un huevo menos, sino al menos dos temporadas reproductivas interrumpidas.
Ante esta situación, la solución fue instalar un área cercada en pleno Parque Nacional. El proceso exigió diálogo con la Corporación Nacional Forestal, con ganaderos y con la comunidad. Por lo mismo, tardó años. Incluso requirió de un arquitecto extranjero para diseñar un sistema capaz de impedir el paso de algunas especies y permitir el de otras, en una geografía compleja.
Fotografía por Constanza Parra.
Fotografía por Constanza Parra.
Fotografía por Constanza Parra.
Actualmente, el cerro Centinela forma parte del trabajo diario. Un día de monitoreo comienza con su ascenso, a eso de las siete y media de la mañana. En el trayecto todavía hay ganado suelto y conejos que se esconden entre los matorrales. Más arriba, pequeñas parcelas cercadas resguardan ciertas plantas endémicas -como los canelos, lumas y los naranjillos- en un esfuerzo paralelo por recuperar el bosque original del cerro, un trabajo sostenido junto a otras organizaciones y el municipio.
Dos horas más tarde, el equipo ingresa al área delimitada. La tarea es metódica: revisar sectores previamente marcados con estacas y GPS, registrar vegetación, contar cuevas activas y destruidas. En algunas, introducir un boroscopio -una cámara infrarroja- para confirmar la presencia de nidos. Si bien es un trabajo lento, resulta fundamental.
A las tres de la tarde, tras contabilizar 200 cuevas y monitorear cerca de 30 con cámara, comienza el descenso. Tres horas después, con los zapatos llenos de ramas y la libreta cargada de datos, la jornada termina.
“Es muy distinto trabajar al lado de la comunidad que trabajar con la comunidad”, suele repetir Peter. La diferencia se nota en los saludos desde los patios, en los autos que se detienen para preguntar cómo va la temporada, en las autoridades que recuerdan haberlo escuchado cuando estaban en el colegio.
En más de 22 años en Chile, la fundación Oikonos ha extendido su trabajo a otras especies, como el picaflor y el cachudito de Juan Fernández, e incluso al norte del país con el pingüino de Humboldt. Pero en la isla el enfoque se mantiene en la fardela blanca; la ave que, al igual que Peter Hodum, atraviesa el océano cada año para volver donde mismo.
Fotografía por Constanza Parra.
Fotografía por Constanza Parra.
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